Rincón del Gurú-.
Sí, la victoria tiene muchos padres. La
derrota, en cambio, es plenamente huérfana.
Recordamos a los
vencedores, mas olvidamos con rapidez a todos aquellos que se quedaron en el
camino hacia la presidencia, la gobernación, la alcaldía o la legislatura.
Nos jalamos los cabellos
preguntándonos ¿qué hicimos mal? ¿En qué fallamos? ¿Por qué la gente no nos
apoyó con su voto?
Nos encerrados en una
dialéctica del error. En el dogmatismo riguroso de las fallas operativas, en
los errores comunicaciones, en las fallas dentro del planteamiento táctico del
marketing, y dejamos a un lado el análisis sesudo de lo ocurrido.
Cuando José de los
Palotes, un elector como cualquier otro, sale de su casa al centro de votación
lleva consigo la decisión de “a quien votar” y entonces, es en este preciso
momento que debemos interrogarnos ¿Por qué nos vota? O ¿Por qué no nos vota?
Cuando Juan, e igual que
Isabel, salen a ejercer el voto llevan consigo la creencia que “Fulano” de tal
es la mejor opción.
Y ¿cómo ellos saben que
“Don Fulano” es la mejor alternativa para gobernar o legislar?
Durante un tiempo, que
va más allá de la época de campaña, “Don Fulano” ha vendido su propuesta, su
personalidad, sus pensamientos y sus creencias.
Recordemos que no es
sólo en campaña que se vende a un candidato. Para nada.
Quien simplemente se
reserve para la campaña misma iniciará la corrida mucho más atrás que sus
oponentes, y necesitará de mucho más esfuerzos (en todas las áreas) para
alcanzar a aquellos que salieron primero.
Bueno, Juan de los
Palotes e Isabel de los Palotes, votaron. Tal vez movidos por su percepción de
los candidatos, la influencia de los medios de comunicación, la persuasión
recibida por la publicidad exterior, manipulados por su círculo de amigos,
familiares o compañeros de trabajo. Todo es posible y todo tiene que ser
investigado.
Por esta razón, por el
sencillo motivo que la decisión del voto es el producto de un proceso mental,
es que las campañas tienen que estar acompañadas desde su génesis por
psicólogos y comunicadores que ayuden a interpretar lo que piensan los
electores.
Cada cabeza es un mundo,
así dicta un viejo refrán. Y por lo tanto cada decisión personal de voto
proviene de un mundo de emociones, percepciones, creencias, miedos,
expectativas, sueños y remordimientos.
La acción del voto es
más emocional que racional. Los electores no expresan sus preferencias bajo
preceptos objetivos, por el contrario, el voto es hijo legítimo de sensaciones
y expresiones plenamente subjetivas.
Es por esto, que el
cerebro es la joya de la corona. Quien domine mejor el arte de comunicar y
persuadir las inclinaciones conscientes y sub-conscientes del cerebro del
elector podrá ganar la elección.
El elector piensa, y la
campaña debe hacerlo también. Para llevar adelante una campaña exitosa no tiene
que prevalecer lo “bonito” sino lo “efectivo”, tiene que prevalecer el análisis
psicológico de los electores.
¡Comunícate y hazlo
bien!
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