Rincón del Gurú-.
Bien lo afirma el profesor Daniel
Eskivel “ganamos o perdemos la elección en el cerebro del elector”.
Y así es. El votante
promedio no es racional, por el contrario los votantes decidirán por quién
hacerlo motivados por conceptos y percepciones totalmente irracionales o
emotivas.
Según la neurociencia,
el 95% de los procesos mentales del ser humano se producen en la mente de forma
inconsciente, es decir, no tenemos control de ellos.
Esto nos indica que
existen detonantes que nos empujan o “motivan” a tomar una decisión de compra o
de voto hacia un producto determinado o un candidato.
La neurociencia es una
rama de estudio que evalúa y analiza el comportamiento cerebral ante los
distintos estímulos. Esta especialización ha sido absorbida por el marketing
para evaluar y perfeccionar los procesos psicológicos de los clientes para
optimizar su proceso de venta.
En otras palabras, los datos que la
neurociencia suministra guarán parte de nuestra estrategia de posicionamiento
del producto. Y es así como el marketing y el marketing político, y las
estrategias de comunicación política,
adoptan esta información para promover sus mensajes.
La neuropolítica es la
aplicación de los datos neurológicos de los electores dentro del esquema
estratégico y táctico de una campaña electoral.
Expliquemos un poco más
el meollo del punto.
Diversos estudios evidencian
que cuando una persona es expuesta a un producto se enciende su núcleo accumbens,
una región cerebral asociada con el placer y la recompensa que genera son descargas
de dopamina.
Es decir, las
características no racionales del candidato tendrán más empatía con los
votantes que cualquier exposición de propuestas, planes o propósito del
aspirante a dirigir una ciudad, estado o nación.
Un candidato, o su
equipo de campaña, que emplee mecanismos de neuropolítica, lograrán con
argumentos emocionales captar más seguidores que lo premiarán con el voto.
Por ejemplo,
racionalmente hablando los actuales presidente de los Estados Unidos de
Norteamérica, Donald Trump, y de México, Enrique Peña Nieto, no deberían estar
sentados en sus respectivos asientos de poder.
No obstante, ellos dos
lograron crear una relación emocional y nada racional con sus electores.
Peña Nieto –el
representante de un partido político cuestionado (El PRI)- se alzó con el poder
en la nación azteca, ¿la razón?: la neurociencia.
La apariencia de “gala
de telenovela”, su jovialidad, la frescura de su discurso, las escenas creadas
en su entorno, todo fueron creando estímulos irracionales en sus públicos meta,
que lo llevaron a ganar la elección.
Donald Trump, el caso
más reciente, dijo lo que “muchos querían oír”, pero que pocos estaban
dispuestos a decir.
El actual inquilino de
la Casa Blanca, envió mensajes que iban directos al sistema límbico del cerebro
controlado por la amígdala, y justamente aquí es donde se generan los
sentimiento negativos como el temor.
Y no sólo que generó miedo,
sino hacia quién lo generó. Según el discurso de Trump los “malos” eran los
mexicanos, pero él tenía la fórmula de solucionarlo y de “hacer grande a
América otra vez”.
La neuropolítica es una
práctica necesaria para saber cómo captar y “enamorar” a los votantes.
¡Comunícate y hazlo
bien!
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