lunes, 29 de octubre de 2018

Características diferenciadoras

Por José Dionisio Solórzano 

Rincón del Gurú-. Los dirigentes políticos son, en la práctica, un producto más. Y como tales deben tener diversas características para ser ofertados en el mercado electoral.

Sí, suena feo, odioso y, porque no decirlo, hasta inmoral, pero así es la real política en nuestros días de hiperconectividad, redes sociales y ventas globalizadas.

Como productos, los políticos que se presentan a la competencia electoral deben definir varios aspectos: Presentación o empaque, segmentación del cliente (votante) ideal, análisis de la competencia, mensaje y fidelización.

En esta oportunidad hablaremos de la creación, en el perfil del candidato, de una característica diferenciadora. Cada político debe contar con un detalle que lo separe del grueso de los políticos, que lo haga distinto y que inclusive, se transforme en símbolo de mercadeo.

Por ejemplo, el pequeño bigote de Adolfo Hitler que apenas le cubría el espacio suficiente como para ser una sombra de su nariz, fue su rasgo diferenciador. Hoy en día cuando vemos ese tipo de mostacho lo relacionamos con Hitler y, en cambio, no pensamos en el comediante norteamericano Charles Chaplin, quien también lo usaba.

Cuando recordamos a Benito Mussolini lo hacemos con su cabeza rapada, su presencia adusta y marcial que lo convertía en un ser imponente. En Argentina, para venirnos un poco más acá, el Carlos Menem de la primera generación lucía su gran cabellera y sus largas patillas; en Venezuela el Doctor Rafael Caldera, que llego en dos ocasiones a la silla del Palacio de Miraflores, siempre fue el “sumo sacerdote”, un político-intelectual de cabello engominado.

Todos los políticos deben poseer un rasgo diferenciador, que no necesariamente debe ser una característica facial o física, sino un estilo de vestimenta. Este es el caso de Rafael Correa, que en su momento puso de moda unas camisas sin cuellos y con un estampado a los lados.

El emblemático Fidel Castro se apoderó de la larga y poblada barba y de aquellos trajes seudomilitares, de verde oliva, que jamás se quitaba, tanto así que los usaban para eventos diplomáticos y de gala.

El líder político, insisto, debe tener una característica que lo haga diferente al resto. Donald Trump, en los Estados Unidos, tiene su copete amarillento y rebelde, que a pesar que ha sido objeto de mofa y de chistes, es un punto que lo distingue de los demás políticos norteamericanos.

Hoy cuando los políticos novedosos empiezan a tener características similares, por ejemplo pareciera que en Europa para garantizar el liderazgo es necesario poseer los siguientes rasgos: joven, alrededor de los 35 años de edad, blanco, de silueta esbelta, puntualmente delgados, y  con discursos digitales y frescos.

Véase el caso español con: Pablo Casado (Partido Popular), Albert Rivera (Ciudadanos) y hasta el mismo Pablo Iglesias (Podemos), este último con su estilo desliñado de la izquierda moderna.

En América Latina, la moda estriba en líderes de mediana edad, de 40 a 60 años, con dotes gerenciales y vínculos empresariales (lo que llamamos el empresarialismo). Frente a esto, es perentorio que nuestro candidato-producto tenga un rasgo visual atrayente que lo distinga de la competencia.

¿Cuál es el rasgo de tu candidato?

¡Comunícate y hazlo bien! 

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