Por José Dionisio Solórzano
Rincón del Gurú-. Los
dirigentes políticos son, en la práctica, un producto más. Y como tales deben
tener diversas características para ser ofertados en el mercado electoral.
Sí, suena feo, odioso y, porque
no decirlo, hasta inmoral, pero así es la real política en nuestros días de
hiperconectividad, redes sociales y ventas globalizadas.
Como productos, los políticos que
se presentan a la competencia electoral deben definir varios aspectos:
Presentación o empaque, segmentación del cliente (votante) ideal, análisis de
la competencia, mensaje y fidelización.
En esta oportunidad hablaremos de
la creación, en el perfil del candidato, de una característica diferenciadora.
Cada político debe contar con un detalle que lo separe del grueso de los
políticos, que lo haga distinto y que inclusive, se transforme en símbolo de
mercadeo.
Por ejemplo, el pequeño bigote de
Adolfo Hitler que apenas le cubría el espacio suficiente como para ser una
sombra de su nariz, fue su rasgo diferenciador. Hoy en día cuando vemos ese
tipo de mostacho lo relacionamos con Hitler y, en cambio, no pensamos en el
comediante norteamericano Charles Chaplin, quien también lo usaba.
Cuando recordamos a Benito
Mussolini lo hacemos con su cabeza rapada, su presencia adusta y marcial que lo
convertía en un ser imponente. En Argentina, para venirnos un poco más acá, el
Carlos Menem de la primera generación lucía su gran cabellera y sus largas
patillas; en Venezuela el Doctor Rafael Caldera, que llego en dos ocasiones a
la silla del Palacio de Miraflores, siempre fue el “sumo sacerdote”, un
político-intelectual de cabello engominado.
Todos los políticos deben poseer
un rasgo diferenciador, que no necesariamente debe ser una característica
facial o física, sino un estilo de vestimenta. Este es el caso de Rafael Correa,
que en su momento puso de moda unas camisas sin cuellos y con un estampado a
los lados.
El emblemático Fidel Castro se
apoderó de la larga y poblada barba y de aquellos trajes seudomilitares, de
verde oliva, que jamás se quitaba, tanto así que los usaban para eventos
diplomáticos y de gala.
El líder político, insisto, debe
tener una característica que lo haga diferente al resto. Donald Trump, en los
Estados Unidos, tiene su copete amarillento y rebelde, que a pesar que ha sido
objeto de mofa y de chistes, es un punto que lo distingue de los demás
políticos norteamericanos.
Hoy cuando los políticos
novedosos empiezan a tener características similares, por ejemplo pareciera que
en Europa para garantizar el liderazgo es necesario poseer los siguientes rasgos:
joven, alrededor de los 35 años de edad, blanco, de silueta esbelta,
puntualmente delgados, y con discursos
digitales y frescos.
Véase el caso español con: Pablo
Casado (Partido Popular), Albert Rivera (Ciudadanos) y hasta el mismo Pablo
Iglesias (Podemos), este último con su estilo desliñado de la izquierda
moderna.
En América Latina, la moda
estriba en líderes de mediana edad, de 40 a 60 años, con dotes gerenciales y
vínculos empresariales (lo que llamamos el empresarialismo). Frente a esto, es
perentorio que nuestro candidato-producto tenga un rasgo visual atrayente que
lo distinga de la competencia.
¿Cuál es el rasgo de tu
candidato?
¡Comunícate y hazlo bien!
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